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31 Aug 2011

Segunda charla: la Santa Misa

 

El Pbro. Kevin Lieberman ofreció una síntesis del sentido espiritual de las partes principales de la Santa Misa en su segunda charla del retiro mensual de la Comunidad de Ciudad del Este.

 

He basado mi charla sobre un libro de Scott Hahn sobre la Santa Misa: “La cena del Cordero”. Es un libro bíblico, profundo, pero escrito con lenguaje sencillo. Conecta el libro del Apocalipsis con la liturgia, en especial con la Misa.


Veamos las partes de la Misa y su significado. Hoy en día hemos perdido el sentido de que la Misa es un sacrificio, no sólo una fiesta. Estamos peleando en la Diócesis para recuperar este sentido, la reverencia. No es una tarea imposible, pero sí difícil, porque la gente ha crecido ahora con la idea de show y animación.


 

La relación entre Dios y el hombre es una Alianza, un acuerdo. Esta alianza tiene como ocasión el pecado: la rebeldía y la muerte. Pero Dios quiere darnos otra oportunidad. Quiere tirarnos un lazo para que salgamos del pozo y para atarnos: nos “religa”, nos da una religión. Ese “lazo” es la Alianza. El sacrificio que necesitamos ofrecer a Dios y que Él quiere que le ofrezcamos es, en definitiva y más allá de los símbolos o víctimas, nosotros mismos, nuestra rebeldía. Con Cristo, el ofrecimiento interior y el exterior llegan a ser uno. El sacerdote es ahora la víctima. La unión de sacerdote y víctima es la perfección del sacrificio. Por eso su Alianza es siempre nueva y perfecta, es definitiva: nada puede superarla, no le falta nada. Esta Alianza se revivida cada día en la Santa Misa. Celebramos la perfecta unión entre nuestro sacerdocio y nosotros, víctimas –sacerdotes con el Sacerdocio de Cristo, víctimas con la Víctima inmolada.

Somos la Iglesia, la asamblea apartada del pecado y de la muerte. Somos la tribu de Dios. Somos el Pueblo de la Alianza. El Pueblo del culto. La Misa es el acto que nos constituye como Pueblo; es la vida misma que tenemos con Dios. La visión romántica de que la Misa debe ser exultación sentimental nos engaña, y la rutina puede desanimarnos. Más bien, debemos vivir la Misa con ojos y corazón nuevos: desde la fe. La disciplina ritual y lo que se repite está ahí para que el corazón pueda descansar en lo conocido, en lo habitual, en lo asimilado, y de ahí pueda elevarse. Como un niño, necesitamos regularidad y orden para poder crecer y hacerlo en paz. La rutina del ritual nos libera de la necesidad de vivir todo de nuevo en cada momento. Formamos hábitos de amor. Así podemos recibir la gracia, y que la gracia de fruto: en el silencio, en lo oculto, en lo cotidiano.

En la primera charla de este retiro hemos hablado de nosotros. Nos hemos centrado en nosotros. Hemos reconocido la presencia de Dios en nosotros, en el santuario de nuestro corazón. Ahora vamos a dirigir nuestra atención a la presencia de Dios en la Misa, en la Eucaristía.

La Misa tiene dos partes, fundamentalmente. Antiguamente, los catecúmenos asistían sólo a la primera parte: la liturgia de la palabra. La Mesa de la Palabra. La segunda parte era sólo para los bautizados: el sacrificio de la Eucaristía. La Mesa del Sacrificio.

La Misa es una constante Parusía, una segunda venida del Señor. La Misa es un pequeño fin de los tiempos. El cielo y la tierra se besan, se unen.

Comenzamos la Misa con la señal de la cruz. Es la expresión de la fe más universal y antigua que tenemos los cristianos. En el Apocalipsis los elegidos están marcados con la cruz en su frente. Satanás es totalmente imponente ante el signo de nuestra victoria, de nuestra salvación: es el lugar en el que se une el sacerdote y la víctima, es el lugar de obediencia hasta la muerte, es el lugar de la vida. La señal de la cruz es un recuerdo de la signación que recibimos en el Bautismo. Al hacer la señal de la cruz, nos curamos. El mayor pecado se convierte en el acto de misericordia más grande. En el oriente la señal de la cruz se hace con la mano de forma simbólica: tres dedos por la Santísima Trinidad; dos, por las dos naturalezas de Cristo.

El Señor está creando una familia en el amor y la obediencia. El acto supremo de esta creación es la Misa. No podemos sólo asistir a la Misa. Debemos participar. Somos parte de la familia. Somos de la otra tribu. La tribu de Dios. Somos sus hijos. Los hijos del pecado nos atacan, nos injurian. El Salmo 42 nos recuerda esa persecución “de los otros” y la alegría de la gracia de Dios que nos auxilia y nos rejuvenece. Vivimos, a pesar de la persecución y la muerte. Somos un pueblo separado y distinto de los otros.

Después del triple Kyrie, la triple invocación a la Trinidad, nuestro Padre, entonamos el canto de alabanza y de súplica de los ángeles. La Misa es siempre fiesta y sacrificio, alabanza y propiciación. Pedimos perdón y ayuda, y celebramos la salvación de Dios, de la que estamos seguros desde un comienzo.

Llegamos entonces a la parte central de la liturgia de la Palabra. En la forma ordinaria, en dos años leemos la Biblia entera. La Misa del domingo, en cambio, tiene un ciclo de tres años. Al terminar ese ciclo de tres años, habremos leído los pasajes más importantes de toda la Biblia.

Tenemos que venerar la Palabra como veneramos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Vivimos de toda palabra que sale de su boca. En la liturgia oriental se “despierta a los fieles” porque están bajo juramento y tienen que saber lo que deben cumplir: piensa los pensamientos de Dios, habla como Dios, ten los sentimientos de Dios. Estoy juramentado y debo prestar atención. Estamos sujetos a juicio sobre cómo cumplimos con lo que escuchamos. Bendición a los que obedecen. Maldición a los que desobedecen. Escuchar es vivir. Conocer es cumplir. Es algo casi platónico: si uno no hace es porque no conoce, porque no sabe. Estamos ob-ligados.

La homilía es un rito. La gente quiere entretención. Es fácil desviarse en este rito. Es un rito parte del gran rito. Una homilía es una lectio que se comparte. Que señala aplicaciones prácticas para la gente. Pero es una lección sagrada.

La profesión de fe, el Credo, es la síntesis de lo que la Iglesia cree, el dogma. El dogma no es otra cosa que la fe de la Iglesia sintetizada y destilada a través de los siglos. La historia del Creo es apasionante. San Atanasio nos cuenta que, en un momento, la Iglesia se despertó y casi todo el mundo era arriano. Había que despertar a todos y reanimarlos en la fe de los mártires.

La oración de los fieles es el sacro comercio, el intercambio misterioso de bienes, con que estamos obligados de pedir al Padre cada día.

La segunda parte es el clímax de la Misa. Los catecúmenos se retiran. Sólo los bautizados pueden participar.

El ofertorio es el gran recordatorio de que esto es un sacrificio. Ponemos al cordero sobre el altar y lo preparamos para el sacrificio. Espiritualmente, ponemos sobre el altar todas nuestras ofrendas, nuestras labores, nuestra vida. Lo unimos al ofrecimiento de Cristo. No podemos venir “pobres” a la Misa. Tenemos que ofrecer riquezas a Dios: las buenas obras. Nos unimos al sacrificio de Dios: como el agua y el vino se unen, como las dos naturalezas de Cristo, en la naturaleza humana de Cristo, en la gota de agua, van todas nuestras ofrendas.


Después elevamos el corazón. Estamos arrebatados al cielo. Es el momento de elevar el corazón porque los ojos del cuerpo, los sentidos, ya no sirven: sólo la fe, sólo el amor puede conocer lo que ocurrirá.


El clímax del clímax, del sacrificio, es la plegaria eucarística. La imposición de manos en la epiclesis es el rito de todo sacrificio sobre la víctima. El pecado pasa a ese objeto de holocausto. El paso del pecado a la víctima es temporal en el Antiguo Testamento. Por eso había que repetirlo cada tanto. Pero el sacrificio de Cristo es uno y el mismo. El sacerdote invoca la venida del Espíritu Santo. El Espíritu se abaja y lo ofrecido se convierte en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Cristo. Esto debe hacerse “en memoria del Señor”. Los cristianos ofrecieron desde el comienzo esta renovación, esta memoria. Se hacía el primer día, el día que comenzó la creación, porque era el día de la primera Alianza.


Lo ofrecemos por los vivos y los muertos. La elevación reconoce al Señor en lo ofrecido.


El signo de la paz renueva los lazos de familia, la religación entre nosotros y Dios. Antes de presentarme al altar para comulgar, hago la paz con todos.

El Cordero de Dios proclama la naturaleza de lo que hacemos: el sacrificio. Se parte la hostia porque el Cordero está de pie, victorioso, pero sacrificado, degollado. Está partido, pero no roto: ni un hueso se romperá.


La comunión es lo que seremos y haremos para toda la eternidad. Es el cielo en la tierra. Es el cumplimiento perfecto de la Alianza, la unión perfecta. El amor consumado.


La Misa parece terminar abruptamente. Parece anti-climático. Pero el sentido de esto es enviarnos: tenemos una misión: hacer de la vida cotidiana lo que hemos vivido. Estamos llamados a ser liturgos: sacerdotes y víctimas de reconciliación en el mundo.

 

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